jueves, 11 de abril de 2013

El Boxeador

Desde chamaco me gustaron los chingadazos. Los ajenos por supuesto. Aunque más bien me considero un pacifista moderado. Pero hay cosas que sólo entre hombres se entienden. Como esa estúpida necesidad de violencia. Y el morbo por supuesto. −El fin de semana pasado fuimos con el Tribi a Berriozabal. En la noche necesitábamos recargar así que a eso de la una nos fuimos al parque a ver en dónde podíamos conseguir algo que nos mantuviera despiertos el resto de la noche. Teníamos mucho que estudiar todavía. Ahí no más en el parque nos encontramos un tipo raro, al que le preguntamos por algún lugar en dónde proveernos. Nos dijo que él mismo nos iba a llevar t lo subimos al vocho. Comenzó a parlotear sobre su pasado como boxeador: Fui boxeador profesional –nos dijo− me retiré en la sexta pelea porque esos ojetes nunca me pagaron nada. Ni los tres dientes que me tiraron –decía mientras que con la mano se jalaba los labios dejando al descubierto su dentadura incompleta− mire, estos de aquí, éste no, más bien se me cayó una vez que estaba bien bolo, pero ya estaba flojo desdenantes por tanto chingadazo. −¿Y cómo se hizo usted boxeador? –preguntó el Tribi−. −Ha de haber tenido un chingo de pegue ¿no? –le pregunté− −Ni tantas –nos contestó el viejo con plena confianza− al contrario, el profe Manue era el bueno pa los chingadazos y el que se quedaba siempre con las viejas. Una vez hasta peleó en Veracruz, con el campeón del sindicato de ferrocarrileros. Perdió por supuesto, pero era el que en la colonia había llegado más lejos con sólo sus puños. A él hasta le pagaron varias veces. A mí me dejaba entrenar con él porque en las tardes lo llevaba a su casa después de pasar a la cantina. Aprendí todo muy rápido y en unos meses el profe me propuso volverme amateur para empezarme a foguear y luego tirarle a las grandes. −Mira –me dijo− te voy a poner una fácil para empezar, pero no más que no es tan pendejo como todos estos. Es un pinche mamón del Deportivo Roma –a los que odiábamos porque sus pesas eran de acero y no de cemento y sus costales eran de cuero no de azúcar−. −Claro que sí profe –le dije bien contento− yo me lo quiebro. No más me avisa bien con tiempo porque quiero invitar a la Lupe. Cuando la vi creí que le iba a dar mucho gusto, porque todo el mundo se iba a enterar de quién era mi novia. Pero pasó al revés y me dijo: “¡Te van a matar a chingadazos pendejo! ¿Tú qué sabes de esas cosas? El box es para hombres”. Me defendí de a como pude. La convencí de ir prometiéndole no dedicarle la pelea cuando anunciaran mi nombre. Y sí llegó. Y toda la plebe del barrio también, porque mi hermano le contó a todos que me había entrado el ser peleador y que iba a estar bueno ver cómo me rompían la madre. Cuando dijeron mi nombre armaron un gran abucheo. Encontré a mi novia hasta atrás de la plebe y como no le pude dedicar la pelea le aventé un beso con el guante apuntando hacia ella. Como antes de la mía habían pasada un par de peleas muy aburridas, la plebe metió aguardiente en los refrescos pa “pasar el rato”. Cuando me tocó, ya estaban bien bolos todos. Hacían mucho escándalo, tanto que no pude oír nada de quién era mi contrincante. Así que nunca supe nada de él. Ni su nombre. Subió el profe a mi esquina para dirigirme en la pelea. Me limpió los guantes y me dijo: −tenés cuidado, no es tan ñengo como se ve, ya lleva varias peleas ganadas, no vayas a dejar que te novateen –y me puso el protector en la boca. Por diosito que ustedes no saben lo duro que pegan esos chamacos cuando ya llevan tiempo entrenando. Dos veces me aflojó las piernas lanzándome rectos a la mandíbula. Desde entonces no mastico bien y cuando hace frío se me traba la quijada. A lo lejos podía escuchar al profe que me gritaba: “Mete las manos! ¡Levanta la guardia! ¡No dejes que se te acerque!”. Desde la esquina podía ver la cara de horror de mi novia y también vi cuando se tapó la cara y se levantó de su lugar, justo antes de que tuviera que concentrarme en respirar porque no sentía que el aire me entrara en los pulmones. Cuando terminó el round, el profe fue por mí hasta la esquina contraria y me llevó casi a rastras. Me sentó en un banco y me dio un poco de agua, mientras presionaba con fuerza mi nariz para que no siguiera sangrando tanto, me vio y dijo: “Si no metes los guantes pa delante te va a matar. Creo que mejor suspendemos la pelea”. −Ni madres, déjeme seguirle. Por orgullo profe. −Si te pasa algo es tu pedo wey. Si ves que te está pegando muy duro déjate caer y no te levantes, sino te va a seguir pegando –y me dejó−. −Ustedes son muy muchachos ya lo mejor no han sentido el dolor de un sopapo bien puesto –nos dijo− No más me asomé tantito al centro para chocarle los guantes y me recibió con una lluvia de chingadazos. Sólo me acuerdo que sentía unos como piquetazos en las costillas y que se me acabó el suelo. Dicen que parecía pescado zangoloteándome en el piso tratando de jalar aire. Lo bueno fue que el profe llegó corriendo a jalarme de las piernas para que no me pisaran. De lo demás me acuerdo porque lo vi de costado. Le levantaron el guante y le dieron la vuelta al ring, con la porra de mis amigos que muertos de la risa gritaban su nombre. Entonces la voz del profe me hizo reaccionar: “ya ves pendejo, por eso te dije que subieras la guardia. Lo bueno es que te tiró rápido. Mira sólo te tiró un diente, se lo voy a dar a Martín para que te lo devuelva cuando te quiten los guantes”.

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